Nora Maidana, experta en biología forense

26/07/2018
Extractado de la página de CONICET (http://www.conicet.gov.ar/nora-maidana-la-unica-perito-en-casos-de-muerte-por-sumersion-de-sudamerica/)

Ver también reportaje en Página 12: “Algas para relevar misterios” (25/4/18): https://www.pagina12.com.ar/110497-algas-para-revelar-misterios

Desde 1997, Nora Maidana, doctora en Biología e investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), en el Instituto de Biodiversidad y Biología Experimental y Aplicada (IBBEA, CONICET-UBA), participó en más de setenta casos de esos, algunos famosos, otros desconocidos. Como perito asesora del Cuerpo Médico Forense, su función es determinar la presencia y la abundancia de diatomeas –algas microscópicas recubiertas de sílice que viven fundamentalmente en el agua dulce y salada pero que se encuentran también en cualquier ambiente con algo de humedad- de ciertas partes del cuerpo de alguien presuntamente ahogado. Puede ser de la médula ósea, del esternón, de huesos largos o del corazón. Si encuentra un número significativo de diatomeas, puede diagnosticar que la víctima efectivamente se ahogó. “Una persona puede tener en su cuerpo, bajo ciertas condiciones, un número muy bajo de diatomeas. Y hay distintas especies de diatomeas en cada masa de agua: no son las mismas en la laguna de Mar Chiquita que en un arroyo en las sierras de Córdoba”, explica. Además de los tejidos de la víctima, Maidana analiza el agua y los sedimentos del sitio en el cual la víctima presuntamente se ahogó.

A veces, la investigadora encuentra falsos positivos: son los casos en los que el agua está contaminada y la muestra se altera, o cuando el presunto ahogado era un asiduo nadador de mar o de río. Le pasó una vez, que encontró en la médula de un presunto ahogado una cantidad de diatomeas altísima y luego se enteró de que el cuerpo era el de un pescador del río Paraná: estar en contacto con un medio acuático o consumir agua no potabilizada aumenta la probabilidad de que ingresen diatomeas en el cuerpo a través del tracto digestivo. También dan falsos resultados negativos los casos en los que el ahogamiento se produce en una bañera –sin presencia de algas-, o en una pileta de natación, donde puede haber algas pero en muy bajas cantidades. “Cuando yo empecé, una cada tres noches tenía pesadillas –dice Maidana, que además acaba de incorporarse al Programa Nacional Ciencia y Justicia del CONICET-. Soñaba que me ahogaba y me despertaba. Y bueno, es así”.

Del mar a las diatomeas

Maidana dice que se enamoró de su carrera estudiándola. Porque el modo en que llegó a la biología acuática fue más por casualidad que por vocación: como le encantaban las películas de Jacques Cousteau y el mar, pensó que eso sería lo suyo. La terminó de decidir que su mejor amigo también se anotara para cursar una carrera en Ciudad Universitaria: harían el viaje del barrio a la facultad juntos. Con el correr de las cursadas, Maidana entendió que no se había equivocado.

Su primer trabajo, una vez egresada, fue en el Museo Argentino de Ciencias Naturales (MACN), investigando unos gusanos marinos llamados quetognatos. Al poco tiempo entró a la materia donde se enseñaban algas, hongos y musgos, en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), y se especializó estudiando algo a lo que muy científicos del país lo habían hecho hasta ese momento: las diatomeas. “Un grupo complejo –advierte Maidana- porque tienen muchísimas especies. Más de cincuenta mil hay seguro. Y se estima que debe haber por lo menos entre cien y doscientas mil más que faltan descubrir”.

Solo siete mil de esas especies se conocen en Argentina. Maidana pasó años dedicándose a identificar y caracterizar–lo que en la jerga académica se llama “hacer taxonomía”- aquellas especies de diatomeas que se encuentran en ambientes acuáticos continentales, tanto las del presente como las del pasado –algas fósiles-. Hasta que apareció la posibilidad de desarrollar la otra aplicación en paralelo: la identificación de diatomeas en cuerpos de personas fallecidas, cuando se sospecha muerte por ahogamiento.

La esencial es invisible a los ojos

Son como alertas naturales: las diatomeas se usan también como indicadores de contaminación y de calidad de agua. Su abundancia, el reemplazo de las especies o los cambios en su composición numérica, son como susurros que le revelan a Maidana lo que ocurrió en la muestra que esté analizando.

“Su presencia o ausencia, el cambio en los números, si era una población normalmente abundante y de repente cayó o viceversa, pueden ser un indicador de cambios en el cuerpo de agua –explica-. Puede haber habido alteraciones en la reproducción y aparecer células aberrantes, como pequeños monstruitos, `formas teratológicas` se llaman”.

Un detalle no menor es que los cambios en el comportamiento de las diatomeas se dan en una escala imperceptible al ojo humano. Las diatomeas más pequeñas miden dos micrones y las más grandes, hasta cuatro milímetros. Sin embargo, su pequeñez no significa que no cumplan una función fundamental dentro de los ecosistemas como productores primarios. A través de las fotosíntesis, estas algas convierten la energía de la luz solar y el carbono del dióxido de carbono del aire en hidratos de carbono -como almidón o celulosa- que sirven de alimento de los animales del siguiente eslabón de la cadena alimenticia. Esto se traduce en que las diatomeas produzcan alrededor del 25% del oxígeno que respiramos los seres humanos.

“Cuando comemos una vaca, esa vaca se alimentó de esos hidratos de carbono generados por las algas. Otro ejemplo es la ballena que al comer krill está consumiendo los hidratos de carbono que fabricaron las diatomeas que estaban flotando en el mar, que fueron comidas por el krill, que después se comió la ballena”, ejemplifica Maidana.

Además de su función ambiental, está su función como mensajeros en casos forenses y Maidana es la única especialista en algas de toda Sudamérica que, siguiendo un protocolo muy riguroso y en forma sistematizada, hace ese análisis para saber si una persona murió o no por ahogamiento. Para ello, se contacta con el médico a cargo de la autopsia y le envía, junto con una serie de estrictas recomendaciones para evitar la contaminación, un recipiente apto para contener los tejidos a analizar y que contiene un líquido que disuelve el tejido de la médula.

“El cuerpo habla. Manda mensajes en distintos idiomas. Lo que uno espera cuando se hace un peritaje forense, es ver qué dice el cuerpo. Lo que hacemos los expertos en cada uno de esos idiomas en los que están escritos esos mensajes, es traducirlos. Todo junto da un mensaje común. Sin la ciencia vos lo que podés tener son solo intuiciones, suposiciones”, dice.

Maidana entrecierra los ojos para ver las algas al microscopio en el laboratorio de Diatomeas Continentales de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA donde trabaja. Después se levanta y se aleja de la mesada, camina hasta la ventana, corre la cortina y posa su mirada pensativa en las aguas del Río de la Plata, que se mecen agitadas a pocos metros. “Nuestro conocimiento no solo tiene que servir para publicar hermosos papers, que se acumulen y se usen después para equilibrar la pata de una mesa –dice-, tienen que servir para algo más. Y esta es otra devolución a la sociedad, que hace y puede hacer la universidad pública”.

1º Seminario de Biología Forense

El próximo 19 de abril, en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, Nora Maidana -a través del Departamento de Biodiversidad y Biología Experimental de dicha Casa de Altos Estudios- y el Programa Nacional Ciencia y Justicia del CONICET, organizan el Primer Seminario de Biología Forense. Será un día de charlas presentadas por distintos expertos y está dirigido principalmente a docentes, investigadores y  relacionados con las Ciencias Biológicas, además del personal de Policía Científica.

 

 

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